Una agresión en la tribuna deja una víctima con quemaduras y reabre un debate que nadie quiere escuchar
¿Qué llevó a una agresión con quemaduras en un partido de hockey? Los entrenadores revelan la presión oculta que sufren los niños y por qué este caso es solo la punta del iceberg.
Una mujer sufrió quemaduras en el rostro tras ser atacada por otra mientras presenciaba un encuentro de hockey en Universitario. El hecho, ya bajo investigación judicial y con medidas restrictivas entre las involucradas, destapó una problemática recurrente en el deporte formativo: la presión desmedida de los adultos.
Lejos de ser un incidente aislado, entrenadores y coordinadores de diversas disciplinas coinciden en que la presión parental es una constante que atraviesa el deporte infantil en Argentina. Los escenarios cambian, pero la lógica se repite.
“Pesa muchísimo la presión de los padres en el rendimiento de los chicos. Hasta puede provocar que abandonen el deporte”, explica Candelaria Villanueva, coordinadora de hockey infantil del Jockey Club. “Dejan de intentar cosas nuevas porque sienten que están a prueba. Todo pasa por la aprobación de ellos”, indica.
¿Cómo afecta a los niños?
Carlos Reinoso, director de la filial tucumana de Argentinos Juniors, lo describe sin rodeos: “Cuando las expectativas de los padres son tan altas, los chicos se ponen nerviosos, se frustran y se enojan.” Este condicionamiento, a menudo inconsciente, construye un ambiente de tensión.
En el básquet, Martín Correa, entrenador de Talleres de Tafí Viejo, relata situaciones habituales: “Me tocó parar un partido y pedirle a un padre que se retire porque le gritaba constantemente a su hijo desde la tribuna”. Además, señala “Hay dos extremos. El padre del chico que tiene condiciones y quiere ‘salvarse’, y el que no acepta que su hijo no las tiene, pero igual exige que juegue”.
¿Qué dicen otros entrenadores?
“Vivimos en una época sin paciencia. Todo tiene que ser inmediato. Si no es campeón, no sirve. Es una picadora de carne”, resume Correa. Maximiliano Pfister, entrenador en Tucumán Rugby, admite: “Muchas veces no manejamos nuestras ansiedades y tomamos como propios los objetivos de nuestros hijos. Eso termina perjudicándolos”.
Agustina Ruiz, coordinadora en Atlético, asegura que el trabajo con los padres es continuo: “Se les habla para que no presionen, para que dejen disfrutar a los chicos”. El caso de Universitario encaja en esta dinámica: un conflicto personal trasladado a un espacio que debería ser seguro. “Hay que calmar en el momento y después hablarlo. No se puede arruinar el momento de los chicos”, plantea.
¿Existen soluciones?
En el fútbol infantil, Manuel Calderón, coordinador de Azucarera Argentina, adopta una postura firme: “Desde el principio marcamos cómo deben comportarse los padres. No se les permite gritar ni intervenir”. Ramón Vidal, de Cardenales, añade un matiz: “A los ocho años, el objetivo es que el chico se divierta”. No obstante, Vidal reconoce que a veces debe intervenir: “Los padres están pegados a la cancha, gritan, dirigen. Es muy invasivo.”
La comunicación emerge como clave. Villanueva sugiere: “Hay que hacer charlas desde el inicio del año. Explicar que los chicos están aprendiendo a jugar, no a ganar”. El incidente en Universitario sirve como alerta ante la naturalización de conductas inapropiadas.
“Esto es un traslado de lo que pasa en la sociedad”, reflexiona Vidal. “La gente viene con sus problemas, con sus tensiones, y las descarga en un partido de chicos. Y eso no puede pasar”. El reto es claro: el deporte infantil no es una competencia de adultos.
Detrás de cada partido hay niños que juegan por diversión, no por contratos o resultados. La preocupación compartida es que la tribuna no termine dictando lo que sucede en la cancha.
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