Un cafecito con lotería y 10 pulperías: así era la vida en Tucumán cuando se firmó la Independencia

Con solo 5 mil habitantes, 10 pulperías y un café con lotería, así era la ciudad que recibió a los diputados de 1816. ¿Te imaginás cómo se vivía en esa época?

Por infotucuman · 06/07/2026 · min de lectura
Un cafecito con lotería y 10 pulperías: así era la vida en Tucumán cuando se firmó la Independencia

En 1816, cuando los diputados declararon la Independencia, San Miguel de Tucumán era un pequeño poblado de apenas 5.000 habitantes. Pero no era cualquier lugar: era la parada obligada en el viejo Camino Real que unía Buenos Aires con Lima.

La provincia de Tucumán, que por entonces incluía a Catamarca y Santiago del Estero, sumaba 45.000 almas. La ciudad se dividía en cuatro cuarteles o barrios. En solo dos de ellos vivían 2.137 personas: 862 criollos, 38 españoles, 884 indios y 353 negros y mulatos.

¿De qué vivían los tucumanos?

La principal actividad económica era la construcción de carretas y una primitiva explotación de la caña de azúcar. Las carretas eran alquiladas por comerciantes ricos para transportar mercaderías hacia Jujuy, Buenos Aires o Mendoza.

Desde 1807, según un empréstito para ayudar a Buenos Aires durante las Invasiones Inglesas, había “ocho clases pudientes” en San Miguel de Tucumán. Los más ricos eran el comerciante Cayetano Moure, el contador de correos José Velarde y el administrador de tabacos Pedro Antonio de Zavalía. En 1813, el Cabildo identificó a 34 mercaderes ricos, cuyos caudales sumaban 320.000 pesos. El más acaudalado era Manuel Posse, con 60.000 pesos, seguido por Velarde, con 35.000.

Un café con juego y pulperías con impuestos

En 1816, don Mateo Velarde obtuvo licencia “para abrir un café, fonda pública y juego de lotería”. El Cabildo consideró que el juego “rinde utilidades conocidas y en todo caso puede perjudicar al público”, por lo que le impuso una patente de 1 peso por día. Las diez pulperías de la ciudad pagaban 30 pesos de impuestos al año.

El Cabildo se financiaba con impuestos a distintas actividades: una carga de vino en carreta pagaba 1 peso; una carga de ají, algodón o frutas secas “que entren a la ciudad” pagaba 4 reales. Las suelas para zapatos pagaban 1 peso por carreta, lo mismo que las cargas de yerba mate.

Frailes, románticos y bailes

El escritor Paul Groussac recordó que “desde principios de marzo comenzaron a llegar a San Miguel de Tucumán los diputados de las provincias. A caballos los unos, en galera los más, en sendas mulas de paso algunos de Cuyo”. Buena parte de los edificios públicos —incluyendo la Catedral y el Cabildo— estaba en ruinas. Casi la mitad de los diputados eran sacerdotes, por lo que se alojaron en los conventos de Santo Domingo y San Francisco. Fray Justo Santa María de Oro se alojó con los jesuitas en Lules, mientras que Cayetano Rodríguez prefirió la casa del obispo.

Las principales familias se disputaban a los congresales, que descansaron “bajo el doble encanto de la mujer y de la naturaleza”, según Groussac. El diputado por Charcas, José María Serrano, “no dejó de causar algunas averías sentimentales”.

Mientras el Congreso sesionó en Tucumán, entre marzo de 1816 y febrero de 1817, todas las semanas había un gran baile en la casa de algún rico patriota. Juan Bautista Alberdi recordaba que de chico correteaba entre personajes como Manuel Belgrano y otros congresistas que visitaban la casa de sus padres. Solo alrededor de la plaza principal había casas importantes, con zaguán de baldosas, un primer patio lleno de plantas y rodeado de galerías “en cuyos postes de cedro se enroscan diamelas y madreselvas”.

Belgrano, su amante y el baile del 10 de julio

Belgrano era el personaje clave en la vida tucumana. Según las memorias del hijo de Mariano Moreno, tenía de amante a la francesa Isabel Pichegru, que “no era bonita ni hermosa pero sí airosa y provocativa al caminar, lo que se agravaba con la moda de llevar muy corto el vestido y muy ceñido al cuerpo”. Madame Pichegru se entretenía “escopeta en mano, bajando a tiros a las palomas de los canónigos, pacíficas inquilinas de la cúpula y cornisas de la Catedral”.

El baile más famoso fue el del 10 de julio, al día siguiente de la Declaración de la Independencia. Groussac lo describió como “un tumulto y revoltijo de luces y armonías, manchas brillantes u oscuras de uniformes y casacas, faldas y faldones en pleno vuelo, vagas visiones de parejas enlazadas”. Desfilaron beldades como Cornelia Muñecas, Teresa Gramajo y su prima Juana Rosa —que fue “decidida” de San Martín—, y la seductora Dolores Helguero, a cuyos pies rejuveneció el vencedor de Tucumán.

El único periodista acreditado

Hubo un único periodista acreditado en el Congreso: fray Cayetano Rodríguez, presente en todas las sesiones públicas o secretas. Se dice que fumaba cigarros de chala y tomaba mate mientras escribía sus apuntes con pluma de ganso. Era el responsable de El Redactor del Congreso, que salía con tres meses de atraso. Se imprimieron 19 números en los talleres tucumanos de Gandarillos, y otros en Buenos Aires. De las 230 sesiones en Tucumán, 60 fueron secretas. Cuando el Congreso siguió en Buenos Aires, hubo 304 sesiones, 80 secretas. Las actas secretas se perdieron en 1820 y reaparecieron recién en la década de 1960.

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