Se apagó una voz única: el adiós al periodista que transformó las crónicas deportivas en relatos épicos

¿Qué hace que un periodista sea recordado décadas después? No son los titulares, sino las historias que logran inmortalizar. La partida de Ernesto Cherquis Bialo nos obliga a mirar cómo se contaba antes, cuando cada crónica era una búsqueda épica de la humanidad detrás del resultado. Descubrí por qué su voz marcó una diferencia irrepetible.

Por infotucuman · 21/03/2026 · min de lectura
Se apagó una voz única: el adiós al periodista que transformó las crónicas deportivas en relatos épicos

El periodismo deportivo argentino está de luto con la partida de Ernesto Cherquis Bialo, a los 85 años. Su fallecimiento, tras una larga enfermedad, marca el cierre de una época para la narrativa que buscaba siempre la historia detrás del simple hecho. Su legado redefine lo que significa contar.

“Soy un contador de historias”, solía decir Cherquis, y esa frase era el núcleo de su filosofía profesional. Para él, el sujeto siempre era “el otro”, una convicción que guió una carrera construida no sobre resultados, sino sobre la búsqueda de lo profundo y lo humano en el deporte.

“El juego más bello del mundo es el fútbol, pero nunca me interesó para comentarlo ni interpretarlo, sí para verlo y disfrutarlo”, explicaba. “Lo que más me importaba eran las historias, más que los hechos que están a la vista de todos. Las historias hay que descubrirlas y rescatarlas”.

La escuela de una época irrepetible

Su formación en la redacción de El Gráfico pertenece a otro tiempo. Él mismo recordaba cómo era el aprendizaje: “La escuela empezaba en la redacción: primero tenías que clasificar fotos, ponerlas en sobres en los archivos, aprender a leer textos, quedarse de guardia, acompañar al profesional para ver cómo trabajaba”.

Ese mundo, hoy casi mítico, forjó un estilo único. “Los deportistas te recibían en su casa con las mejores pilchas, la casa impecable, te presentaban a la familia… no había intermediarios ni agentes de prensa ni influencers”, relataba, pintando un contraste brutal con la actualidad.

Testigo de la historia con mayúsculas

Su pluma lo llevó a ser testigo de eventos globales. Cubrió el legendario duelo de ajedrez entre Bobby Fischer y Boris Spassky en 1972. Su crónica capturaba la tensión: “Fue como si me hubiera despertado de un largo sueño. Me vi en una sala inmensa, silenciosa y expectante… unas dos mil quinientas personas… un escenario con imponente cortinado blanco…”.

Pero fue en el boxeo donde su narrativa encontró su cénit. Su relato de la pelea entre Ringo Bonavena y Muhammad Ali es una obra maestra del periodismo, enfocada no en el triunfo o la derrota, sino en la dignidad del esfuerzo.

Describió la escena posterior al combate con una sensibilidad conmovedora: “Recuerdo que después de una hora y media… salimos a la calle… Nevaba en Nueva York… su cuerpo, exhausto, pesaba más… subir los escalones fue realmente una proeza… se tiró en la cama repitiendo una y otra vez ‘Guapié, ¿no?’… Todo cuanto le interesaba era el esdrújulo consuelo de la dignidad”.

Una carrera de decisiones firmes y polémicas

Cherquis nunca fue una figura neutral. De opiniones frontales, en un punto de su vida tomó una decisión que sorprendió a muchos: dejó el periodismo activo para convertirse en vocero de la AFA durante la gestión de Julio Grondona.

Lo explicó sin tapujos: “Lo pensé mucho… La Argentina es un país gerontofóbico, no tenía futuro y tenía que tomar una decisión”. Fue un giro que marcó una nueva etapa, pero nunca abandonó su esencia de narrador.

Su propia historia de vida, como hijo de inmigrantes que creció en condiciones humildes en Buenos Aires, le dio una perspectiva única para entender y retratar a los protagonistas de sus crónicas.

El último round y un legado imperecedero

En los últimos años, su salud se deterioró. Enfrentó un diagnóstico severo con la crudeza que lo caracterizaba, relatando que los médicos le dijeron: “No tengo buenas noticias. La médula no funciona. Haga lo que tenga que hacer. Despídase de quien se tenga que despedir…”.

Su muerte deja un vacío que trasciende a la persona. En una era dominada por la inmediatez y el contenido descartable, Cherquis Bialo representaba el valor del relato bien construido, de la paciencia para descubrir y la maestría para contar.

Su herencia es una convicción poderosa: que el periodismo verdadero no está para repetir lo evidente, sino para iluminar lo que aún no ha sido dicho. Una lección que hoy resuena más fuerte que nunca.

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