Santa Rosa, Aguilares: la ruta se convirtió en el único refugio ante la furia del agua

Vecinos de Santa Rosa, Aguilares, vivieron otra noche a la intemperie mientras el Río Chico entraba en sus casas. ¿Cuántas veces más tendrán que empezar de cero? La crónica de una desgracia que se repite cada temporada.

Por infotucuman · 11/03/2026 · min de lectura
Santa Rosa, Aguilares: la ruta se convirtió en el único refugio ante la furia del agua

Familias enteras de Santa Rosa, en Aguilares, pasaron la noche en la banquina de la Ruta 38, observando impotentes cómo el agua invadía sus hogares. Es la cuarta vez este mes que el Río Chico se desborda y los obliga a abandonar todo. La escena, que se repite desde hace décadas, dejó al descubierto la angustia y la desesperación de quienes lo pierden todo una y otra vez.

Bajo gazebos improvisados y rodeados de bolsas con sus pertenencias, los vecinos esperaron que el caudal amainara. Entre las 11 de la mañana y el mediodía, el agua comenzó a avanzar por el barrio, tomando a todos por sorpresa y sin dar tiempo a una evacuación ordenada.

“Llegó inesperadamente, nos tomó de sorpresa. El agua no da tiempo a nada”, relató Pablo Pacheco, un joven de 26 años que vive en el lugar desde que nació. Él y su familia lograron rescatar electrodomésticos, ropa y la heladera, pero no pudieron convencer a su madre y a su abuela de abandonar la vivienda inicialmente.

Una historia que se repite

Pablo habla con una resignación que solo da la experiencia. Explica que, dos semanas atrás, ya había perdido un guardarropas en una inundación anterior. Esta vez, el agua llegó hasta la altura de las rodillas dentro de las viviendas.

“Solo queda esperar que no suba el agua, que no suba el caudal, porque si no la desgracia va a seguir”, reflexionó el joven. Para él y su familia, las crecidas del Río Chico son un capítulo recurrente en la historia del barrio, un relato que escuchó de sus padres y su abuela.

“Mis papás y mi abuela cuentan que esto siempre pasó. Me hablan del 2000. Y en 2015 yo recuerdo que fue terrible: tuvimos que cortar la ruta 38”, recordó Pablo. Según su testimonio, la zona al sur de su casa es aún más vulnerable por ser más baja.

Lo que queda después del agua

Más allá de las pérdidas materiales, que son cuantiosas, Pablo destacó el costo emocional de estos eventos. La angustia, el miedo y la impotencia de ver cómo se destruye el esfuerzo de años es lo más difícil de sobrellevar.

“Detrás de cada inundación hay gente que llora, que pierde sus cosas y que tiene que empezar de nuevo desde cero”, escribió el joven en sus redes sociales, dando voz al sentimiento colectivo.

La noche transcurrió con siete familias, incluida la de Pablo, despiertas y atentas en la ruta, mirando fijamente hacia sus casas sumergidas. Una vigilia forzosa, con la esperanza de que el agua no subiera más y con la certeza de que, cuando bajara, les esperaría la tarea de reconstruir, una vez más, desde cero.

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