La monja tucumana que desafía al olvido y ya movilizó casi 200 ambulancias hacia el horror de Ucrania
Mientras el conflicto cumple cuatro años y el mundo mira hacia otro lado, una religiosa nacida en Tucumán lidera una de las misiones humanitarias más persistentes. ¿Cómo logra movilizar cientos de ambulancias y qué la impulsa a no rendirse ante el olvido generalizado?
Mientras el mundo parece distraerse, una monja nacida en Tucumán encabeza una misión humanitaria descomunal en medio de la guerra. Sor Lucía Caram, desde su convento en Cataluña, acaba de iniciar su viaje número 42 hacia Ucrania al frente de una caravana con 21 vehículos, en su mayoría ambulancias, y 50 voluntarios. En cuatro años de conflicto, su fundación ya entregó 163 ambulancias y 48 pick-ups, una respuesta concreta al clamor de un pueblo que sufre.
El grito silencioso que la movilizó
Para Lucía Caram, la guerra en Ucrania nunca fue una noticia lejana. Desde que estalló la invasión rusa, comenzaron a llegar a su convento familias ucranianas huyendo del horror. “Desde el inicio nos desplazamos a la frontera”, relata la religiosa. Fue en los hospitales donde comprendió la urgencia: los heridos no pedían discursos, sino ambulancias. Muchos morían desangrados por falta de transporte sanitario oportuno.
Así nació la “Caravana de la Bondad”. A dos meses del inicio de la invasión, ella y sus colaboradores abrieron los primeros corredores humanitarios para trasladar heridos a España y llevar ayuda a Ucrania. La cifra es elocuente: 163 ambulancias, 48 pick-ups y los 21 vehículos de esta última partida. “Francisco dejó un dinero con el encargo explícito de ayudar a la martirizada Ucrania”, revela. Con esos fondos compraron tres ambulancias.
Una tucumana de carácter indomable
El temple de Lucía Caram se forjó en su tierra natal. Cuando adolescente le dijo a su padre -un médico de catolicismo conservador- que quería ser monja, él se opuso argumentando que era “muy rebelde”. Pero Lucía se salió con la suya. Ingresó a las religiosas dominicas a los 18 años y estuvo seis en un convento de clausura en Buenos Aires.
Su vida dio un vuelco cuando una superiora le pidió que se estableciera en España. En un convento de Valencia descubrió que “mi claustro es el mundo”. Dejó la clausura y comenzó su obra solidaria, transformando las instalaciones del convento en centros de atención para indigentes, adictos y refugiados. “Al principio fue muy resistida por las autoridades eclesiásticas, poco menos que la querían excomulgar, pero finalmente aceptaron su enorme obra”, contó su hermano Ernesto.
La ayuda que no se detiene ante el frío extremo
La labor de la Fundación Santa Clara va más allá de las ambulancias. “Seguimos enviando material sanitario, desfibriladores, generadores y ayuda humanitaria”, detalla Sor Lucía. Pero la estrategia rusa de atacar infraestructuras energéticas demanda nuevas respuestas. “Hemos enviado también dos tráilers de sacos de dormir preparados para soportar temperaturas de hasta menos 15 grados y dos tráilers de edredones y mantas”, explica.
Un general de la Guardia de Frontera ucraniana le confió recientemente que están viviendo “el peor momento desde el inicio de la invasión”. Putin, ante la dificultad de ganar territorio, está atacando sistemáticamente a la población civil. “Quiere que el frío sea insoportable. Pero el pueblo ucraniano, lejos de quebrarse, se siente más fuerte para resistir”, narra la monja.
El ejército de voluntarios, con sello tucumano
La hermana Lucía destaca el papel fundamental de los voluntarios que la acompañan. “Son hombres y mujeres solidarios. Entre ellos hay un grupo de tucumanos muy vinculados a la fundación y a la comunidad del convento, junto a otros de Cataluña y de distintas entidades que se fueron sumando”, señala con orgullo. Para ella, este movimiento representa “fraternidad concreta”.
Su compromiso es inquebrantable: “vamos a seguir ayudando hasta que llegue la paz. Para nosotros, esa es la única victoria verdadera”. Mientras mantiene un diálogo con el Papa León XIV, quien la recibirá en los próximos días, no cesa de alertar que “el mundo parece haberse olvidado de Ucrania” y que Europa “vive como si la guerra no existiera”.
Desde la Sagrada Familia de Barcelona, donde inició esta última caravana con el respaldo del alcalde Jaume Collboni y el cardenal Omella, la monja tucumana sigue su camino. Asegura que “no queremos normalizar la guerra, no queremos acostumbrarnos al horror”, y promete: “mientras haya heridos que pidan ambulancias nosotros responderemos”.
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