La Madrid tras la inundación: El desolador regreso a casas que ya no son las mismas
El agua se retiró de La Madrid y dejó al descubierto la cruda realidad: casas destruidas, calles anegadas en barro y vecinos que lo perdieron todo. ¿Cómo enfrentan el regreso a un hogar que ya no es el mismo y el miedo a que el río vuelva a desbordarse?
El agua se retiró de La Madrid dejando al descubierto un paisaje de devastación total, con calles convertidas en barrizales y viviendas destrozadas, mientras los vecinos enfrentan la dura tarea de recomenzar entre la tristeza y el miedo a que la historia se repita. El temporal que azotó la localidad tucumana marcó a sus habitantes, muchos de los cuales durmieron a la vera de la ruta y ahora regresan para encontrar sus pertenencias arruinadas y un futuro lleno de incertidumbre.
Heladeras volcadas, colchones inservibles, juguetes sepultados en el barro y muebles arrastrados por la corriente son las escenas que dominan las calles de La Madrid. Este panorama desolador refleja el verdadero impacto de una de las inundaciones más severas que recuerdan los pobladores, quienes tras días de incertidumbre comienzan a volver a lo que queda de sus hogares.
Ramón Imbert, director de Defensa Civil de Tucumán, confirmó que la situación empieza a normalizarse. “El agua prácticamente abandonó la localidad en un 90% y la gente empieza a desarmar sus tiendas provisorias en la ruta para el retorno”, señaló el funcionario, integrante del Comité de Emergencia provincial.
Un regreso cargado de angustia
El regreso a las viviendas está lejos de ser un alivio. Equipos provinciales trabajan en tareas de limpieza y desinfección organizadas por zonas, pero el sentimiento entre los vecinos es una mezcla de tristeza, enojo e incertidumbre. Muchos observan con preocupación el cielo y el río, conscientes de que una nueva tormenta podría desatar otra tragedia.
Romina, una madre de 32 años, expresó el temor que recorre a las familias. “¿Qué futuro les podemos dar a nuestros hijos acá?”, se preguntó. Para ella y su familia, que llegaron al pueblo hace tres años, esta fue la primera inundación que debieron enfrentar. Aunque destaca la solidaridad vecinal, el miedo al río se instaló como una preocupación permanente.
La mujer cuestionó duramente la falta de obras y la escasa presencia estatal. “El delegado brilló siempre por su ausencia en este pueblo”, afirmó. Según su relato, son los propios vecinos quienes suelen organizarse para limpiar los canales de desagüe. “Espirales no necesitamos. Lo que necesitamos son obras”, resumió con contundencia.

Historias de pérdida y resistencia
Las calles muestran escenas repetidas: personas caminando con dificultad entre el barro, muebles desplazados y marcas en las paredes que indican un nivel de agua que superó el metro y medio. Entre quienes volvieron está Julio Cardozo, un jubilado de 65 años que debió evacuarse el martes pasado y durmió tres noches al costado de la ruta.
“Me evacué el martes. Dormí tres noches en la ruta”, relató Cardozo mientras regresaba a su casa. Al ingresar, lo primero que hizo fue ventilar el interior, donde encontró una sorpresa peligrosa: una víbora. La fuerza de la corriente había volcado la heladera y la cocina, y desplazado varios muebles. Algunos enseres permanecían sobre mesas donde intentó resguardarlos antes de evacuar.
“Lo primero es limpiar todo para poder entrar y dejar la casa en condiciones”, explicó el hombre, quien vive con su hermano enfermo, a quien debió trasladar para evitar riesgos sanitarios. Para Cardozo, el drama no es nuevo. “Ya estamos hechos a esto. Es la tercera inundación que me toca vivir”, comentó, recordando que la de 2017 fue menos severa.

La sombra de los problemas sanitarios y la duda de quedarse
La preocupación ahora trasciende las pérdidas materiales. Las familias que permanecieron a la intemperie deben convivir con humedad, barro y residuos, lo que genera temor por brotes de enfermedades. Cada inundación reaviva el debate sobre trasladar la localidad a un sector menos vulnerable, y algunos evalúan abandonar definitivamente el lugar.
Luis, un vecino de 60 años que vive cerca de la plaza principal, admitió que la situación lo golpeó profundamente. “No dan ganas de quedarse; esto nunca va a cambiar. Con la naturaleza es imposible. No sé qué pasa; estamos en un lugar bajo”, expresó con lágrimas en los ojos.
Sin embargo, otros, como Julio Cardozo, no contemplan irse. Su decisión está vinculada a la historia construida en el lugar, a los animales que cría y al esfuerzo de toda una vida invertido en su vivienda. “Ya somos grandes para empezar de nuevo en otro lado”, concluyó, enumerando lo más urgente para poder habitar nuevamente su casa: lavandina, detergente y productos de limpieza, en medio de la falta de energía eléctrica y agua corriente.

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