La hazaña tucumana en el techo de los volcanes: así fue la conquista del Ojos del Salado

¿Qué se siente al estar a casi 7.000 metros, donde el aire escasea y el frío quema? Cuatro tucumanos vivieron esa experiencia extrema al conquistar el volcán más alto del mundo. Descubrí todos los detalles de una travesía donde cada paso era una batalla y el regreso, una victoria.

Por infotucuman · 13/02/2026 · min de lectura
La hazaña tucumana en el techo de los volcanes: así fue la conquista del Ojos del Salado

Un grupo de cuatro montañistas oriundos de Tucumán logró una proeza que quedará grabada en la historia del alpinismo local: alcanzaron la cumbre del volcán activo más alto del planeta. Matías Díaz, María del Rosario López, Luciano Ale de Moreno y Marco Muñoz vencieron los 6.893 metros del Nevado Ojos del Salado, en una expedición de 10 días que combinó planificación extrema, frío polar y una fuerza de voluntad a prueba de todo.

La aventura comenzó el 19 de enero en Fiambalá, Catamarca. Con los permisos en regla y las mochilas cargadas de equipo técnico y provisiones, el cuarteto emprendió el viaje hacia la Ruta de los Seis Miles, el corredor que conecta con el Paso de San Francisco, en la frontera con Chile. La primera noche, a 4.000 metros, fue la primera advertencia del cuerpo sobre el nuevo ritmo que impone la altura.

La construcción de la altura

El campamento base, cerca del paso fronterizo, se convirtió en su centro de operaciones. Desde allí, ejecutaron una meticulosa estrategia de aclimatación. Primero ascendieron el Falso Morrocho, luego el volcán Beltrán y después el San Francisco, superando los 6.000 metros. “Así se construye la altura”, explicó Matías Díaz, profesor de Educación Física y guía de montaña de 36 años. Subir, descansar y volver a intentar fue la consigna durante una semana completa.

Solo tras este riguroso proceso cruzaron a Chile para enfrentar el objetivo principal. El refugio Atacama, a 5.300 metros, fue la última parada de preparación. Allí, los días transcurrían entre caminatas de adaptación, hidratación constante y una rutina espartana. La incertidumbre era una compañera más. “Los días previos al intento de cumbre se vive con incertidumbre. La cabeza trabaja todo el tiempo”, confesó Rosario López, de 28 años.

La noche del ascenso definitivo

Tras chequear minuciosamente el pronóstico, fijaron el lunes 19 de enero para el asalto final. A las 4 de la madrugada, con las linternas frontales iluminando el camino en la oscuridad absoluta y una temperatura gélida, comenzaron la marcha. “Fue muy duro”, resumió Matías. El terreno, cubierto de piedra pómez inestable, complicaba cada paso. Luciano recordó un momento de frustración: “Dabas dos pasos para adelante y retrocedías tres o cuatro”.

Rosario describió el tramo final como una batalla contra el frío que “no te permite descansar y te obliga a estar en movimiento”. Superados los 6.700 metros, el mundo se redujo a lo esencial: respirar hondo, dar un paso, volver a respirar. Rosario y Marco fueron los primeros en coronar la cima cerca del mediodía. Los últimos 30 metros fueron de escalada técnica, asegurados a cuerdas fijas. “¡Cumbre! ¡Llegamos!”, gritó Rosario desde los 6.893 metros.

Luciano y Matías los alcanzaron cerca de las 14:00. No hubo festejos estridentes, sino abrazos torpes por los gruesos guantes y miradas cargadas de emoción. “Es una sensación muy linda estar allá arriba”, contó Matías, quien además es uno de los fundadores de la Tecnicatura en Guía de Montaña en Tucumán, carrera que cursan sus compañeros de expedición. En ese instante, sus pensamientos volaron hacia su familia. “Pensé en mi nene, que siempre me pregunta a dónde voy… y pensé en mi señora, que siempre me banca y espera”.

El riesgo siempre presente

La expedición no estuvo exenta de peligro. Los montañistas sabían que, semanas antes, una persona había fallecido bajando de esa misma cumbre. “Estar a esas altitudes no es fácil. Hay que asegurarse a las cuerdas fijas… un error ahí te puede costar la vida”, afirmó Matías. Sin embargo, confiaron en una planificación rigurosa: aclimatación correcta, prevención del mal de altura, alimentación e hidratación precisas y un plan de contingencia siempre listo.

Para Luciano, la clave fue el respeto por los límites. “Si el plan decía que a las dos había que estar en determinado punto y no se cumplía, había que darse la vuelta. Sin discusión”. La bajada, aunque rápida, fue tan cuidadosa como el ascenso. En la montaña, llegar a la cima es solo la mitad del camino; volver sano y salvo es la otra mitad. Ya de regreso, con la experiencia aún latiendo, el grupo ya habla de nuevos objetivos. Porque, como bien saben, en el mundo de la montaña ninguna cumbre es la última.

El gigante dormido de la frontera

El Nevado Ojos del Salado, con sus 6.891 metros, no es solo el volcán activo más alto del mundo, sino también la segunda cumbre de América después del Aconcagua. Se encuentra en la Cordillera de los Andes, demarcando el límite entre Argentina y Chile. Aunque su última erupción significativa ocurrió hace unos 1.300 años, en 1993 hubo una leve emisión de cenizas, por lo que no se lo considera extinto. Una curiosidad: su cima es “bífida”, con dos picos separados por 50 metros, uno en cada país. Además, en sus faldas se encuentra el lago a mayor altitud del planeta. El acceso se realiza desde Fiambalá, Catamarca, a través del Paso de San Francisco, y exige, por encima de todo, un entrenamiento impecable.

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