La frase que Eloísa le escribió a Abelardo y que hizo temblar a la Iglesia medieval
Una joven culta y un filósofo arrogante desafiaron todas las normas de la Iglesia medieval. ¿Qué escribió ella que lo cambió todo?
En el París del siglo XII, una joven de 17 años desafió todas las normas de su época al declararle su amor al hombre más brillante de Francia. Lo que comenzó como una clase de filosofía terminó en una de las historias de amor más escandalosas y trágicas de la historia.
Pierre Abelardo era, para 1115, una celebridad. Filósofo, teólogo y polemista, atraía a multitudes de estudiantes que viajaban desde toda Europa para escucharlo. Su obra Sic et Non proponía analizar contradicciones en los textos de autoridad usando la razón, algo revolucionario. Pero también era arrogante, provocador y consciente de su genialidad. Sus enemigos lo odiaban; sus alumnos lo adoraban.
Entonces apareció Eloísa. Sobrina del canónigo Fulberto, dominaba latín, griego y hebreo, y discutía filosofía como pocos hombres de su tiempo. Cuando Abelardo oyó hablar de ella, no solo la admiró: la deseó. Usó su prestigio para instalarse en la casa de Fulberto como su tutor privado. El tío aceptó orgulloso, sin imaginar lo que ocurriría.
Las clases pronto se volvieron íntimas. Abelardo admitiría después que “las manos volvían más seguido al pecho de la muchacha que a los libros”. El romance era peligroso: él pertenecía al mundo eclesiástico y debía castidad. Pero el deseo fue más fuerte.
El embarazo y la propuesta de matrimonio
Eloísa quedó embarazada. Abelardo la llevó a Bretaña, donde nació su hijo Astrolabio. El escándalo estalló. Para calmar a Fulberto, Abelardo propuso casarse en secreto. Pero Eloísa se opuso: temía que el matrimonio destruyera la carrera intelectual de su amado. “Prefiero ser tu prostituta antes que emperatriz”, escribiría después.
Aun así, se casaron. Fulberto, humillado, difundió la noticia. Eloísa negaba todo para proteger a Abelardo. El tío interpretó eso como traición y planeó su venganza.
La venganza de Fulberto
Una noche de 1117, mientras Abelardo dormía, hombres enviados por Fulberto entraron en su habitación y lo castraron. La noticia devastó a París. Para un hombre medieval, aquello era una destrucción total. Abelardo, avergonzado, se hizo monje. Le pidió a Eloísa que hiciera lo mismo. Ella obedeció, pero nunca dejó de sufrir.
Separados físicamente, comenzaron a escribirse cartas. En ellas no había resignación santa, sino deseo y nostalgia. Eloísa confesaba: “Dios sabe que si Augusto, emperador del mundo, me ofreciera poseer la tierra entera, me parecería más querido ser llamada tu prostituta que emperatriz”.
Abelardo intentaba espiritualizar esa pasión, pero no lograba desprenderse del pasado. Las cartas se convirtieron en uno de los testimonios amorosos más intensos de la cultura occidental.
Con los años, Eloísa fue abadesa respetada; Abelardo, perseguido por herejía. Nunca volvieron a vivir juntos. Él murió en 1142; ella, 20 años después, fue enterrada a su lado. La leyenda dice que los brazos de Abelardo se abrieron para recibirla.
Quizás nunca ocurrió, pero la historia necesitaba creerlo.
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