El magnate tecnológico que llegó a Barrio Parque y se fue sin hacer ruido: el misterio de Peter Thiel en Argentina
Se instaló en el barrio más exclusivo de Buenos Aires, se reunió con el círculo de Milei y dos meses después desapareció sin aviso. ¿Qué buscaba realmente el magnate tecnológico y por qué se fue tan rápido?
El magnate tecnológico que llegó a Barrio Parque y se fue sin hacer ruido: el misterio de Peter Thiel en Argentina
Peter Thiel, el multimillonario de la derecha dura global, aterrizó en Buenos Aires en abril, se instaló en Barrio Parque y en solo dos meses desapareció sin dejar rastro. Su silenciosa partida a mediados de junio pasó casi desapercibida, tapada por el Mundial y las idas y vueltas de otras figuras. Pero su breve paso por Argentina dejó más preguntas que certezas: ¿qué vino a buscar y por qué se fue tan rápido?
Thiel no es cualquier empresario. Es el cerebro de la derecha tecnológica, férreo defensor de Donald Trump, contratista del Pentágono y un intelectual que predica que Occidente debe adoptar rasgos militaristas y de control poblacional para sobrevivir. Su llegada a la Argentina de Javier Milei encendió todas las alarmas: ¿estaba tejiendo un vínculo con el gobierno libertario para impulsar su agenda global?
Pero su partida no calma las fantasías paranoicas que florecieron desde que desembarcó. Milei no parece dispuesto a renunciar a las visiones que los hermanan: la amenaza del colectivismo, el islamismo radicalizado y el wokismo. La asociación con Thiel disparó preocupaciones sobre la radicalidad ideológica del presidente y su entusiasmo por las batallas culturales mundiales, algo que ya tuvo costos en la historia argentina.
¿Quién es Peter Thiel y qué buscaba en Argentina?
Thiel es un megaempresario exitoso, pero también un escéptico de su propio entorno. Como muchos multimillonarios estadounidenses, abraza ideas catastróficas sobre el futuro de Occidente y propone salidas rupturistas. Su apuesta por Trump lo llevó a impulsar un "reseteo radical" de Estados Unidos. Pero al ver que eso no funcionaba, buscó un país más pequeño y maleable para su proyecto. Argentina, con Milei en el poder, le pareció el terreno fértil perfecto.
En concreto, Thiel intentó usar su sintonía con el gobierno para ampliar sus negocios y lanzar una versión local de su sueño de reseteo político y social, basado en una visión jerárquica, darwinista y antiestatista. Se instaló en el barrio más exclusivo de Buenos Aires y comenzó a explorar oportunidades. Algunos lo compararon con Ronald Biggs, el ladrón del Robo del Siglo que escapó a Brasil; otros, con Ronald Richter, el científico que engañó a Perón con la fusión nuclear.
La comparación con Richter es reveladora. Así como Richter convenció a Perón de que podía generar energía limpia e ilimitada, Thiel parecía prometer un atajo tecnológico y regenerativo. Pero la historia muestra que esos sueños terminaron en despilfarro y ridículo. ¿Podría repetirse con Thiel y el programa de liberalización económica de Milei?
¿Por qué se fue Thiel?
El mundo de hoy es muy distinto al de hace 80 años. Cualquier desvarío se paga al instante con desconfianza de inversores, crédito y gobiernos extranjeros. Argentina, además, es un país frágil y dependiente de la ayuda externa, no el lugar para sueños de autarquía. Y lo más importante: Milei necesita reconciliarse con Occidente, no alejarse de él. Thiel promueve exactamente lo contrario: tomar distancia de las democracias liberales, algo que Richter y Perón sí compartían.
Thiel no le sirve a Milei para su objetivo fundamental. Los que temen que el presidente se radicalice por influencia de este personaje subestiman la realidad: a Milei le faltan acompañamiento, recursos y oportunidades para esas batallas. En cambio, lo que sí puede funcionar de su programa es el aumento de exportaciones, financiamiento e inversiones en áreas como economía del conocimiento, minería y gas. Nada de fusión nuclear ni delirios.
Thiel se cansó rápido de las complicaciones argentinas. El país resultó mucho menos "maleable" de lo que imaginaba. Pero los ideólogos mileistas seguirán batallando. Aunque, a diferencia de los peronistas —que aún defienden las aventuras de Richter como un "paso en falso con final feliz"—, los defensores de Thiel son muchos menos y tienen menos poder para sostener el mito.
Con Thiel, los riesgos de inversiones costosas detrás de sueños inviables existen, pero difícilmente consuman esfuerzos comparables. Porque cuando los presidentes se dejan llevar por el fanatismo, pueden hacer trabajar al país entero persiguiendo fantasías. Pero esta vez, los defensores de esas fantasías son menos y el mundo ya no perdona los errores.
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