El lado oscuro de la historia: la verdad detrás del Comando Atila que aún estremece a Tucumán

Una red de policías que operaba en las sombras, comunicados que prometían muerte y operativos macabros en cementerios. La historia no contada del grupo más temido de Tucumán y los crímenes que quedaron impunes.

Por infotucuman · 09/03/2026 · min de lectura
El lado oscuro de la historia: la verdad detrás del Comando Atila que aún estremece a Tucumán

Su nombre aún genera escalofríos y debates acalorados en la provincia. El Comando Atila no fue solo un grupo policial; se convirtió en un símbolo de una época violenta y turbia en Tucumán, donde la línea entre el combate al delito y la ejecución extrajudicial se desdibujó por completo. Su legado, marcado por amenazas, operaciones clandestinas y una impunidad que persiste en la memoria colectiva, sigue siendo una herida abierta.

Durante las décadas de 1980 y 1990, este grupo se erigió como una de las organizaciones más polémicas y temidas. Para algunos ciudadanos representaba una “mano dura” necesaria; para otros, era la encarnación de una fuerza parapolicial que actuaba al margen de la ley, siempre con el respaldo tácito o explícito del poder político de turno.

¿Cómo surgió este grupo temido?

Sus raíces se hunden en los primeros años de la democracia. A principios de los 80, un movimiento de policías jóvenes, conocido como Movimiento Policial Tucumán (Mopol), comenzó a organizarse para reclamar mejoras laborales. De ese caldo de cultivo de descontento interno surgiría, tras una división, un núcleo duro que optó por la acción violenta y autónoma.

La figura que le pondría rostro a esta facción fue Mario Oscar “El Malevo” Ferreyra. Un agente con fama de justiciero implacable, reconocible por su camisa negra y sombrero Panamá blanco. Su designación como jefe de Robos y Hurtos a mediados de los 80 lo catapultó a la fama nacional, aunque él no fue el fundador del comando. Ferreyra se convirtió simplemente en su cara más visible.

La estética del terror: comunicados y “limpieza”

El grupo desarrolló una estética propia y un discurso aterrador. Sus comunicados, a menudo dejados en bares o redacciones, hablaban de “operativos de limpieza” y prometían la “pena de muerte” para los delincuentes. Firmaban con frases como “Comando Atila, el azote de Dios”, utilizando papel y máquinas de escribir idénticas a las de la policía oficial.

La lista de causas judiciales que los mencionan es extensa y siniestra. Se los vinculó con ejecuciones extrajudiciales, golpizas, robos y operaciones ilegales vinculadas al juego clandestino, la prostitución y el narcotráfico. Muchos de estos casos, incluyendo ataques a prostíbulos y asesinatos, nunca llegaron a esclarecerse.

Episodios que marcaron a fuego la provincia

Uno de los hechos más macabros ocurrió a fines de 1989. Tras la muerte de un delincuente bajo custodia policial, hombres encapuchados irrumpieron en el cementerio, abrieron el ataúd y rociaron el cadáver con ácido. Un cartel del Comando Atila se adjudicó después aquel “operativo limpieza”.

El grupo también estuvo bajo la lupa por el frustrado asalto al Banco Nación de Monteros en diciembre de 1991, donde los ladrones vestían uniformes policiales. La investigación de la Policía Federal apuntó directamente a miembros del Atila, pero la causa terminó archivada sin condenas.

El punto de inflexión llegó con el triple crimen de Laguna de Robles, ocurrido en 1991. Por este hecho, Ferreyra fue condenado a prisión perpetua. Tras escuchar la sentencia, protagonizó una fuga espectacular del tribunal, permaneciendo prófugo durante meses. Aunque su pena luego fue reducida, su figura ya estaba manchada.

Un final dramático y un legado de impunidad

Mientras el “Malevo” caía, otros integrantes del comando se replegaron. Algunos se dedicaron a negocios privados o seguridad; otros siguieron vinculados a causas judiciales. Uno de los pocos que recibió una condena años después fue Luis “Niño” Gómez, sentenciado a 18 años por el asesinato del comunero Javier Chocobar en 2009.

El final de Ferreyra fue televisado y trágico. En 2008, cuando Gendarmería Nacional llegó a su casa de San Andrés para detenerlo por una causa de lesa humanidad, el ex policía se quitó la vida de un disparo frente a las cámaras.

Con el paso de los años, el Comando Atila se transformó en un mito oscuro de la historia tucumana. Su accionar dejó una estela de casos sin resolver, sospechas que nunca se disiparon y una pregunta incómoda que aún resuena: ¿hasta dónde llegó realmente el poder de este grupo y qué secretos se llevaron a la tumba sus integrantes?

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