Congreso bajo asedio: el kirchnerismo desata una escalada violenta que preocupa al país
¿Hasta dónde están dispuestos a llegar para frenar las derrotas? La escalada violenta del kirchnerismo, con sabotaje en el Congreso incluido, marca un punto de no retorno que tiene en vilo a la política nacional. Los detalles de una crisis que va mucho más allá de la picaresca.
La pérdida de poder y las derrotas electorales están llevando al kirchnerismo a acciones cada vez más extremas, que van desde el sabotaje en el recinto hasta la justificación pública de la violencia. En un clima político enrarecido, la oposición no logra superar su caída y recurre a métodos que ponen en jaque la convivencia democrática, generando alerta en todo el arco político.
La diputada Florencia Carignano reivindicó sin tapujos su accionar violento dentro del Congreso, desenchufando cables para voltear una sesión. No solo lo hizo, sino que además aseguró que lo volvería a repetir, mostrando una clara intención de obstruir el trabajo legislativo.
Este episodio no es un hecho aislado. Forma parte de una escalada que incluyó el lanzamiento de piedras, la rotura de medios de comunicación y pintadas en radios. Ahora, el blanco fue el propio corazón de la democracia.
¿Una simple “picaresca” o un ataque a la institucionalidad?
Frente a estos hechos, voceros del kirchnerismo intentaron minimizar la gravedad. El economista Sergio Chouza calificó el sabotaje en el Congreso como simple “picaresca” política, una viveza criolla más.
Sin embargo, analistas señalan que este comportamiento es la muestra de un perfil profundamente antidemocrático. Recuerdan que, tras la condena a prisión de Cristina Fernández de Kirchner, simpatizantes ingresaron por la fuerza al edificio de TN y Canal 13, causando destrozos y llamando a una “pueblada”.
La historia se repite: cuando el peronismo perdió las elecciones con Mauricio Macri, la entonces presidenta se negó a colocarle la banda y abandonó la ceremonia. La imposibilidad de aceptar una derrota parece ser una constante.
Un bloque en desbande y la sombra de la violencia
La situación se agrava con la ruptura casi definitiva del interbloque peronista en el Senado, que podría alcanzar su nivel de representación más bajo desde 1983. La desesperación por frenar iniciativas como la reforma laboral, la ley penal juvenil y la reforma fiscal los lleva a acciones desesperadas.
Pero la advertencia más grave viene por otro lado. La semana pasada, un sindicalista fue filmado enseñando a fabricar bombas molotov. Días después, estalló una carta bomba en la Escuela Superior de Gendarmería Nacional.
En algunos programas radiales, incluso se llegó a bromear con el regreso de organizaciones como Montoneros, un “chiste” de muy mal gusto sobre un pasado que le costó sangre al país. Las autoridades alertan: nunca se juega con fuego, porque una chispa puede desatar un incendio incontrolable.
El Gobierno, por su parte, maneja otra teoría sobre la conflictividad. Desde Olivos creen que, entre septiembre y octubre del año pasado, actores poderosos del “círculo rojo” provocaron una corrida cambiaria para forzar la renuncia del Presidente.
Apuntan contra empresas del aluminio y el acero, un banco importante, un exministro de Economía y un exgobernador muy ligado a la AFA. Como consecuencia, esas industrias quedaron fuera del acuerdo comercial con Estados Unidos, y en el oficialismo interpretan el reciente cierre de la fábrica de neumáticos FATE como una “venganza fríamente calculada”.
Más allá de estas hipótesis, la realidad industrial es compleja y afecta a múltiples sectores: cerámica, metalmecánica, autopartes, textil y alimentación, entre otros, reportan despidos y suspensiones.
Mientras tanto, el ejemplo de la violencia desatada en México, con homicidios, bloqueos y comercios incendiados por el narcotráfico, sirve como espejo aleccionador de hasta dónde puede llegar la espiral del caos cuando se pierden los límites.
La CGT, intentando reposicionarse, ahora afirma que se arrepiente de no haberle hecho un solo paro general al gobierno anterior. Una autocrítica que llega tarde y suena poco creíble. Lo cierto es que se está siendo testigo de un desbande no solo político, sino también moral. Cuando se acumulan fugas, derrotas y silencio de liderazgo, advierten los expertos, lo que sobreviene es una crisis de responsabilidad. Y no hay derrota más humillante que la de aquel que pierde el dominio de sí mismo.
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