Argentino condenado a siete años en Etiopía por narcotráfico jura ser inocente
Liam Portillo, docente argentino, cumple condena en Etiopía por tráfico de cocaína, un delito que niega. Su caso está vinculado a una red de narcotráfico condenada en Argentina. Desde la cárcel de Kaliti, relata su lucha por sobrevivir y adaptarse.
Liam Portillo, un docente de 28 años de Ciudad Evita, cumple una condena de siete años en una cárcel etíope por tráfico de cocaína, un delito que asegura no haber cometido. Su caso se vincula a una red de captación de “mulas” humanas que ya tiene a uno de sus responsables condenado en Argentina.
Desde la prisión de máxima seguridad de Kaliti, a las afueras de Addis Abeba, Liam Portillo describe su situación con una metáfora elocuente: “Estoy en el medio del río, me falta la otra mitad”. El joven argentino lleva 32 meses detenido, tras ser arrestado en abril de 2023 en el aeropuerto de Etiopía cuando intentaba viajar a Malasia. Las autoridades encontraron cocaína en su equipaje, un contenido que Portillo jura desconocer por completo. “Me utilizaron como mula y yo desconocía qué llevaba”, afirma de manera contundente.
La trampa de un empleo ficticio
Su historia comienza años atrás, en La Matanza, donde trabajaba como docente. La lectura de un aviso laboral en Facebook marcó un punto de inflexión. La empresa Global Finanzas, manejada por Juan Daniel Paolino y Geraldine Gessy Samaniego, ofrecía un puesto de “chofer administrativo para trasladar correspondencia privada”. Portillo, buscando crecer económicamente, aceptó. “Yo me mandé, lo vi como una oportunidad. Nunca, pero nunca imaginé estar llevando droga”, relata con pesar. Recientemente, el Tribunal Oral Federal N°4 de San Martín condenó a Paolino a 6 años de prisión por organizar y financiar estas actividades ilícitas, confirmando la existencia de la red que captaba “correos humanos”. Paolino cumple condena en el penal de Ezeiza, mientras que el juicio contra Samaniego fue suspendido por incapacidad mental.
La vida en el “Gulag” etíope
Kaliti, conocida coloquialmente como “Gulag”, es su hogar forzado. Allí, la rutina es una lucha constante contra las condiciones precarias. “Lo más complicado de todo es la comida”, diagnostica. Su dieta se reduce a “arroz blanco en el almuerzo y en la cena”, una monotonía que lleva soportando por tres años. Recientemente, conseguir una cama propia en un pabellón compartido con otros 20 reclusos fue considerado por él “un logro inmenso”. El acceso al agua potable es otro desafío, sufriendo intoxicaciones por la mala calidad del líquido. Sobre el trato, comenta que a los extranjeros se les suele tratar “un poco mejor”, pero cualquier provocación se paga caro.
El proceso de adaptación y fortaleza interior
Portillo admite que el dolor y la bronca inicial lo obnubilaron, pero con el tiempo llegó un “clic”. “De nada me servía llorar, deprimirme y gritar mi inocencia”, reflexiona. Decidió enfocarse en actividades positivas: estudiar, aprender idiomas, hacer deporte y entrenar. “No me quedó otra que endurecerme”, confiesa, reconociendo un poder de adaptación que ni él mismo creía poseer. Este proceso de introspección lo llevó a asumir cierta responsabilidad por su decisión de confiar, aunque mantiene firme su inocencia sobre el cargamento. “Hoy puedo decir que aprendí a hacerme cargo de mis propias decisiones. Me dejé engañar”, analiza, carcomido por una culpa que extiende hacia su familia.
Mirando hacia un futuro incierto
Si mantiene la buena conducta, su salida podría producirse a fines de 2027, en lugar de 2030 que marca la condena completa. En las noches de insomnio, planea su futuro. Sueña con capacitarse, ser profesor de inglés, estudiar Derecho y, movido por el hambre que ve a su alrededor, crear comedores o fundaciones de asistencia. “Cranear qué puedo hacer para transformar todo lo malo que me pasó en algo positivo”, es su motor. Su experiencia en Kaliti, donde ha visto a otros presos morir o desequilibrarse mentalmente, le ha enseñado a valorar “lo que se tiene, por más que sea poquito”. La fuerza interior, concluye, es lo que lo mantiene vivo en este infierno a más de once mil kilómetros de su hogar.
También puede interesarle